El qué, el cómo y el recetario

Publicado originalmente en www.kienyke.com

Al presentarse como candidato a una justa presidencial, en mi caso la precandidatura a la consulta popular por la Alianza Verde, la expectativa es que a lo largo de la campaña uno deba prácticamente presentar planteamientos de lo que sería su programa de gobierno. Fuera de mi bandera, de ser Verde-Verde frente a la candidatura más de derecha de Enrique Peñalosa y más de izquierda de Antonio Navarro, la razón principal de emprender esta tarea es darle difusión a varias ideas, especialmente sobre el Sistema Electoral Mixto como alternativa para reemplazar el modelo de gobernabilidad imperante basado en el clientelismo y la corrupción.

Esto viene complementado con que en los ámbitos de los distritos Uninominales, los DUN, se pueda focalizar la atención de sus habitantes en lo que sería su representante y, a través de los procesos de participación colectivos, principalmente planeación y presupuestos participativos, forjar la voluntad colectiva por medio de una sociedad civil densa y articulada, y ejercer control social. En el fondo es una política distributiva en el elemento más mal distribuido en la sociedad, sin que en realidad exista mucho de él en el país: el poder de que los ciudadanos puedan controlar lo público.

Este planteamiento tiene ramificaciones en todos los aspectos de la vida nacional. Aun así la expectativa de quien está en campaña para la presidencia es que deba hacer planteamiento sobre todas las esferas de lo que haría como gobernante, sin saber cuál es la coyuntura política dentro de la cual gobernaría. Debe especificar no sólo el qué haría sino además el cómo. Pero el problema se complica cuando precisamente el cambio fundamental que se plantea es cambiar el modelo de gobernabilidad, es decir, cuando la plataforma de acción estatal que los demás candidatos dan por sentado se ha de mantener para gobernar, es lo que se pretende cambiar mientras se implementa el nuevo sistema electoral. Por otro lado, lo responsable es establecer el cómo. El Presidente Electo en este caso debería plantear la división radical entre ejecutivo y legislativo, y la posibilidad de adoptar el Plan de Desarrollo por decreto como hizo Antanas Mockus en Bogotá, para poder gobernar con los mejores, no con los mejores teledirigidos por sus dueños.

Pero bueno, de todos modos es necesario formular el programa de gobierno. Para comenzar hay muchos temas que lo que se debe hacer es consolidar: construir sobre lo construido. Escoger y comprometerse a consolidar temas que están bien planteados en el gobierno actual y que en buena medida lo que más requieren es tiempo y respaldo continuado. Además, para la Alianza Verde están los documentos que se formularon para la campaña de Antanas Mockus a la Presidencia, principios y programas, muchos de los cuales se han incorporado en la Alianza Verde. Además, con el conocimiento detallado que se adquiere desde las comisiones del Senado, se detectan otros planteamientos donde precisamente el problema es la incapacidad de implementación -los programas y los recursos están- que el modelo de gobernabilidad vigente establece para el gobierno.

Es precisamente aquí donde aparece un nuevo problema: evidentemente quien quiera triunfar en estas contiendas debe hacer planteamientos que se dirijan a las necesidades apremiantes de la gente (salud, educación, vivienda) y deba satisfacer los anhelos de poblaciones organizadas y articuladas, y con mucho potencial electoral. Pero pueden no ser estas las que más se beneficien de lo que hay que hacer. Por ejemplo, obviamente la educación superior resulta muy suculenta para hacer promesas populistas (“voy a generar todos los cupos que se requieran para que todos los jóvenes puedan estudiar”), cuando el problema nuclear está mucho más en la oferta de educación media en el campo, que muchos de sus propios habitantes no tienen muy bien identificado como problema, y que sería el verdadero detonante de la modernización rural, hoy día presa del modelo de gobernabilidad con la captura de las secretarias departamentales de educación. Muy a menudo los objetivos deseables entran en contradicción con otros igualmente deseables, como sucede con Ambiente y Minería, donde lo que se torna más urgente es crear la institucionalidad para resolver estos conflictos.

La recomendación de asesores y participantes de la campaña de referirse a los problemas más apremiantes que se perciben en la sociedad, parece sugerir que se le diga a la gente lo que quiere oír: “lo que se hace en una campaña es dar esperanza”. No sorprende entonces, que lo que haya siempre respecto a cada gobierno es desencanto y un nuevo ciclo de frustración y que la oposición siempre pueda construir sobre lo que falta por construir, sin reconocer ningún avance. Todo esto es más complejo cuando se quiere formar gente con racionalidad colectiva, que entiendan los límites de lo que un gobierno puede hacer.

Estas reflexiones las hago para invitar a ver cómo es posible adelantar una campaña que produzca salgo pedagógico y que nos ayude a utilizar el aprendizaje así generado para asumir el mayor reto actual de nuestra sociedad: el posconflicto.